La pasión

Toda muy ceremoniosa, como se hace por allí, que todos son de familia militar, en la procesión del encuentro, San Juan lleva el dedo levantado marcando el camino que tiene que seguir la Virgen para encontrarse con su hijo. Las imágenes se bailan y la gente canta. En fin, aún se me ponen los pelos de punta. Recogimiento en la procesión del silencio y flores que llueven del cielo para el reencuentro de la madre con el hijo.
Nunca antes, ni después, para mi la Semana Santa había significado ese fervor.
La Semana Santa solía significar el despertar de la primavera hasta que un Jueves Santo, me enrollé con Castel. Fue nuestro primer beso. Después de tres años y medio. Luego, tres días solos en Madrid. Quedadas furtivas para ir al cine. Besos más furtivos al salir de clase. Miradas. Silencio. Luego, hacerlo público y ver la cara de alegría de Verónica. Hay cosas que no se pueden olvidar.
Desde entonces, la Semana Santa siempre me recuerda a él. Días plomizos, de brisa suave. La primavera a punto de estallar pero aún se pueden esconder unas manos discretas debajo del abrigo. La quietud. Madrid que pareciera una inmensa resaca donde convergen la alegría que aún dura de la fiesta inolvidable y un dolor de cabeza... Frente arrugada y oídos a punto de estallar, que le piden al mundo un poquito de quietud. Rendirte a la magia del momento porque sabes que sólo durará unos instantes y sonreír lleno de plenitud. Adoro esos días.
Sin embargo, esta semana ha sido algo distinta. Mucho de reencuentro -familia, amigos, pueblo, vida, coherencia,...- pero también mucho de fiesta. Recordando algunos momentos he pasado por el blog de Evita y no he podido evitar robarle esta foto. Fue de la última en casa de Sergio. Otro día me gustaría filosofar sobre las cosas que pasan de noche, que nunca pasarían de día; sobre lo desbarradas que acaban las fiestas y lo que pasa los domingos pero hoy, he quedado.
Disfrutar de la imágen, que no tiene desperdicio.